3.7.10

Una temporada en Zitácuaro



No me gusta, no me gustaba, sigue sin gustarme ir a Zitácuaro.
Desde que estaba chiquito desarrollé una aversión a ir a la dos veces heróica ciudad de Zitácuaro. Aunque la hayan quemado dos veces durante la época de la revolución de independencia y aunque la gente grite que no hubo independencia nunca la ha habido, etc., así se llama a ese época de la historia de nuestro país, ese respeto no se desvanece al decir que, literalmente, escucho: ir a Zitácuaro, y me dan ganas de vomitar, comienzo a sentir el olor a perfúme de autobús, a central camionera, veo escaleras enormes que llevan hacia abajo y llegar a los camiones, interminables escalones con sus respectivos descansos en donde cabe perfectamente un barril para depositar la basura y no vomitos de un niño que apenas se dirige al transporte qeue lo llevará por la carretera, de la cual ya se conoce sus interminables curvas en donde cada que se ladea el camión siente que vomita aún más.
Esa aversión que se ha ido gestando, sólo sucede al viajar a Zitácuaro y ya no sólo en camión, aun cuando subo las maletas a la cajuela del auto siento esos síntomas.

Pero es necesario ir a Zitácuaro, ir a una ciudad muy pequeña en donde el narco es leve, el normal, donde no son pasados-de-lanza, castrante llegar a esa descripción aunque asi sea. Ir a un lugar donde te saluden desde lejos si te ven, donde si te saluden, donde la gente aún platica, donde se pueden decir las cosas “a calzón quitado y le valen madre las represalías”, así como anuncia el “Pica Pica”.

Un lugar donde puedo ir por un chemo y caminar mientras lo como por el jardín el chiquito primero, porque voy con “el wama” y luego por el grande. Lugar donde no tengo que manejar y prefiero caminar. Donde puedo olvidarme del mundo y ponerme a leer felizmente con un café a lado y sin embargo, no leer todo el día para estar con mi prima o yendo al mercado a comprar tepache o -cuetes- aún cuando no sea época de tronarlos; lugar donde siempre tengo ganas de, curiosamente, salir de Zitácuaro para ir al pueblito que no está muy lejos, (ojo: no el que está cerca) y subir ese cerro lleno de escaleras y recordar como no debí hacerlo con un esguince.

Quiero ir a Zitácuaro y no sentir que me vomito con el simple hecho de subir una maleta con destino a la tierra dos veces heróica.

¿qué no fue tres veces heróica?

Que chinguen a su madre los y las que no me saludan, algo les genéro que es imposible saludarme, que felicidad.

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